EL PRÓXIMO DOMINGO 12 DE OCTUBRE CELEBRAMOS EL DÍA DE LA HISPANIDAD.
¿SABES POR QUÉ SE CELEBRA ESE DÍA?
¡NO TE PIERDAS ESTA INTERESANTE HISTORIA!
Hace mucho tiempo existieron unos reyes a los que todo el mundo llamaba los Reyes Católicos, porque siempre estaban metidos en la Iglesia. Eran el Rey Fernando y su mujer la reina Isabel y tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando.
Vinieron de muy lejos porque querían conquistar el reino de Granada que estaba ocupado por los musulmanes. Así que se establecieron en un campamento con casas que no eran de ladrillos ni de piedra sino de tela recia, muy fuerte. Ese campamento se convertiría después en una ciudad con casas de piedras, de ladrillos, y es hoy una pequeña ciudad llamada Santa Fe.
También existió un marinero muy valiente que le gustaba navegar más que pintar y su nombre era Cristóbal Colón. Él vino de un país lejano y se quedó por estas tierras del Sur. ¡A mí me gusta mucho el mar!-decía. He de descubrir nuevas tierras y entonces seré muy rico. Pero para esa empresa necesito muchísimo dinero. ¿De dónde sacaré tanto dinero? Ah, dicen que los Reyes Católicos tienen buenos dinerillos. Iré a verlos.
Y muy decidido fue a ver a los Reyes, a los que dijo: - Si me ayudáis con el favor real y me dais dinero yo podré ir muy lejos y descubrir muchas tierras y tesoros. Pero me tenéis que dar la mitad de lo que encuentre. Entonces los reyes le dijeron que no, que estaban muy ocupados, que se fuera de allí. Y Colón se puso muy triste y se fue del Campamento. Ya estaba a punto de cruzar un famoso puente de un pueblo cercano llamado Pinos Puente cuando llegó un hombre a caballo que iba muy colorado de tan rápido como iba que le dijo: - ¡Vuelve, Cristóbal! ¡Sus majestades los reyes te esperan en el campamento real de Santa Fe! Y Cristóbal daba unos saltos de alegría de lo contento que estaba. Los Reyes Católicos proporcionaron a Colón los medios necesarios para realizar su empresa y firmaron en un papel que si Colón encontraba oro, plata y tierras se podía quedar con una parte de los tesoros. Ese papel escrito se llama Capitulaciones, que se firmaron un 17 de abril de 1492, en Santa Fe. Entonces nuestro valiente navegante se fue a Huelva, a la villa de Palos, donde buscó tres carabelas o barcos antiguos. Estas carabelas tenían nombres y se llamaban “Santa María”, la “Pinta” y la “Niña”. Y con unos cien marineros se marcharon todos a recorrer aventuras por los mares.
Cristóbal, que era el capitán, se subió a la nave más grande, la Santa María. Tardaron mucho tiempo en hacer ese viaje y sólo veían agua y más agua, y dale que toma agua y daca agua que toma. Y siempre agua de mar tranquila o con tempestad, donde el viento azotaba las olas como dándole una paliza al mar. Los marineros estaban nerviosos y asustados porque era la primera vez que hacían un viaje tan largo. Los pobres marineros, de no tomar frutas y verduras porque se les habían terminado, sólo comían pescado y carne salados, de tal manera que les salieron a los pobrecitos unas enormes pupas en las encías. Ya estaban los marineros muy enfadados y le decían a su capitán: - Cristóbal tú tienes la culpa de que se me caigan los dientes, eres un feo. Otro decía: -Si llego a saber que el viaje es tan aburrido, sólo agua y más agua no salgo de mi pueblo, que es Palos de la Frontera. ¡Si lo llego a saber, no vengo, eah! Entonces un marinero llamado Diego Delfín decía, muy bajito para que Colón que era muy mandón no lo oyera: - Colón, cara de melón, eres más tontico que el tío Perico. Con lo bonita que es Andalucía, yo quiero volver a mi casa y no quiero encontrar un mundo nuevo. Y unos marineros decían: - ¡Queremos volver a Palos! Y otros decían: ¡Queremos volver a Moguer! Por fin un 12 de Octubre un marinero llamado Rodrigo de Triana, que iban en la Niña y estaba subido en el palo mayor dio unos buenos gritos: - ¡¡¡¡Tierra!!! ¡¡¡Tierra a la vista!!!
Los marineros se pusieron muy contentos y daban gracias al cielo porque llegaron vivos, aunque con pupas. Habían llegado por fin a tierras americanas, a una isla llamada en lengua india GUANAHANÍ. Esta isla tenía árboles muy verdes, y mucho agua y frutas. Y los marineros decían: - ¡Pero que listo es Cristóbal Colón que a una nueva tierra nos ha traído!
Y los indios les daban regalos y los españoles también ofrecían sus regalos. Cuando volvieron Colón y sus marineros para España todo el mundo los felicitaba. Y los Reyes Católicos dijeron: - Verdaderamente este hombre es un valiente y nos hará muy ricos.
Hubo una vez una
princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de pretendientes
falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso,
tierno y sincero a la vez. El palacio se llenó de flores y regalos de
todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas
enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una
piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
- Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.
El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y
atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas
partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones,
pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos.
Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo
se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro.
Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y
transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.
Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por su carácter y cercanía,
y su sola prensencia transmitía tal calor humano y pasión por cuanto
hacía, que comenzaron a llamarla cariñosamente "La princesa de fuego".
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días.